
Akira en el parque después del cierre
Sexo en el parque relatoRiesgo Público13 min de lectura
Un relato de Akira Sato
Días después Akira, de 21 años, queda con Adrián, de 31, un empleado de galería con el que siempre ha sido tímida, para un paseo nocturno por un parque en la ladera cuando las verjas ya deberían estar cerradas. Se quedan entre los árboles, por donde todavía podrían cruzar otros adultos. Ella pone a prueba cuánto de los dos deja él que vea la oscuridad.
Akira tenía veintiún años y yo treinta y uno la noche en que quedamos en las laderas de Montjuïc, cuando el parque ya debería haber cerrado las verjas. Me llamo Adrián y trabajo en una galería del Eixample; ella se llama Akira Sato y trabaja de modelo, aunque aquella noche no había ninguna cámara entre nosotros, solo un sendero de tierra todavía caliente y el rumor lejano de Barcelona encendida hacia el puerto. Yo pensaba en la multa, en una foto que la sacara de su marca, en lo fácil que sería que un guarda o un desconocido nos encontrara entre los pinos. Ella caminaba un poco delante, el vestido claro subiéndole con el aire de principios de verano, y de vez en cuando se volvía como si fuera a decir algo y luego no lo decía.
Días atrás ella me había contado a medias lo de una noche en un coche, y yo no pregunté nada más. La alcancé junto a una farola apagada y le toqué la muñeca. Su piel estaba tibia, casi caliente, y el olor de su pelo se mezcló con la resina cuando ella se acercó lo bastante para que nuestros hombros se rozaran. Intenté guiarla hacia un recodo más cerrado, donde las ramas tapaban el camino, y Akira no me siguió. Se quedó en la parte ancha, donde la luna llegaba a la grava, y me esperó con una sonrisa pequeña que no era un desafío abierto y sin embargo me dejó claro que no iba a esconderse del todo.
«¿Tú crees que todavía hay gente por aquí...?», preguntó, y dejó la frase incompleta, mirándome con una calma que me desordenó el pulso. Yo le dije que a veces alguien ataja por aquí de noche, un vecino, un turista al que se le ha pasado la hora del cierre, y ella asintió sin contradecirme, los dedos jugando con el borde de su propio vestido. Quería el romance de un paseo y al mismo tiempo quería que la oscuridad no nos cubriera por completo. Eso lo entendí antes de besarla, cuando le tomé la cara con las dos manos y ella se dejó, de puntillas, la boca ya abierta contra la mía.
Llegamos al mirador cuando el viento subía desde el mar y movía las hojas secas a nuestros pies. La ciudad se abría debajo, densa y lejana, una bandeja de luces amarillas, y Akira se apoyó en la barandilla con las palmas abiertas, la espalda tensa bajo la tela fina. Yo me puse detrás y le besé el cuello despacio, sintiendo cómo se le erizaba la piel a cada contacto. Ella permaneció allí, inclinando la cabeza para darme más piel, y busqué su boca hasta que el beso se volvió hondo de inmediato, con lengua, con el sabor todavía fresco de la menta que había mascado en el taxi que nos dejó al pie de la colina.
Mis manos bajaron por su cintura y ella las dejó estar, incluso las empujó un poco más abajo, hasta el borde del vestido. El cuerpo se me pegó entero y sentí el calor de su culo contra mi entrepierna, donde la polla se me endurecía con una insistencia que ya no podía disimular. Akira empujó hacia atrás una vez, lenta, comprobando el tamaño y la intención, y yo le subí la tela por detrás lo bastante para palparle el culo desnudo, sin bragas, solo piel suave y luego el pliegue húmedo cuando los dedos se colaron entre sus muslos. Entre ellos la sentí mojada de una manera que no admitía duda, el coño abriéndose fácil bajo la yema, y ella soltó un sonido bajo contra mi boca mientras yo le rozaba el clítoris con el pulgar, sin prisa, allí mismo, con las luces de la ciudad delante y el camino a nuestras espaldas todavía transitable para cualquiera.
«Si viene alguien, te cubro», le dije contra los labios, y Akira dejó salir un gorjeo breve, más juguetón que una risa, antes de girarse entre mis brazos. Se puso de puntillas y me besó otra vez, más sucio, mientras una de sus manos bajaba y me abría el cinturón con una decisión que no encajaba con lo callada que había estado en las inauguraciones. La polla me saltó contra su palma cuando metió la mano dentro, me rodeó el grosor y apretó, lenta, midiendo lo que iba a hacer conmigo a la vista de quien quisiera subir por el sendero. Yo le besé la sien y le dije su nombre, y ella apretó un poco más, el pulgar recorriéndome la vena, el vestido ya subido de un lado y el aire de la noche tocándole el muslo desnudo.
Ella se apartó lo justo para mirarme y después se puso de rodillas sobre el polvo del camino. El vestido se le subió al agacharse y le dejó los muslos al aire, la raya del coño apenas visible cuando se acomodó entre mis piernas. Yo miré hacia ambos lados del recodo y no había nadie todavía, solo el rumor lejano de un scooter en la carretera de abajo, y ella no esperó ninguna señal mía. Me sacó la polla por completo, la sostuvo con las dos manos porque le quedaba gruesa contra su cara, y pasó la lengua desde los huevos hasta la punta, caliente y húmeda, antes de abrir la boca y tragarse el glande de un golpe suave.
El calor de su garganta me dobló un poco las rodillas. Akira chupó con una concentración casi seria, las mejillas hundidas, la saliva corriendo hacia su muñeca, y de vez en cuando alzaba la vista para comprobar que yo seguía vigilando el camino. Le sujeté el pelo negro, no para empujar, solo para sentir el vaivén de su cabeza. Ella se la metió más hondo, tosió un instante, se retiró con un hilo de saliva uniendo su labio inferior a mi piel, y volvió a bajar hasta que la punta le golpeó el fondo de la boca. El sonido era obsceno y se oía demasiado claro en el silencio del parque. Pensé en un adulto apareciendo de entre los árboles y en lo que vería: a esta chica de rodillas, con mi polla metida hasta la garganta y la tela hecha un desastre sobre los muslos. La idea me la puso todavía más dura, y ella lo notó porque gimió alrededor de mi carne y apretó las piernas una contra otra.
Intenté cubrirle un hombro con la chaqueta, un gesto protector y torpe, y ella se la quitó de encima sin dejar de chupar, quitándole el sentido a cualquier intento mío de taparla. Seguí mirando el sendero. Una luz lejana, quizá la pantalla de un teléfono, se movió entre los pinos más abajo y luego se apagó. El corazón me latía en la polla. Akira se la sacó de la boca, me lamió el frenillo con la punta de la lengua y siguió masturbándome lo que no le cabía, saliva y líquido preseminal mezclados sobre su puño. Casi me corrí entonces. Aguanté porque no quería correrme todavía, no encima de su lengua, no tan pronto. Le pedí que se levantara, que si seguía así iba a llenarle la boca allí mismo, y ella obedeció con una docilidad que no era sumisión, sino otra forma de decidir lo que venía.
La llevé unos pasos hacia un pino grueso, fuera del centro del camino pero no escondidos del todo. La espalda se le pegó a la corteza y yo me arrodillé esta vez, con las rodillas en la tierra seca. Le subí el vestido hasta la cintura, le abrí los muslos con las palmas y le vi el coño de cerca, hinchado, brillante, el clítoris asomando entre los labios. Acerqué la cara y respiré ese olor suyo mezclado con el polvo y la resina, y después la lamí de abajo arriba con la lengua plana. Akira se agarró a mi pelo con un temblor que le recorrió los muslos hasta las rodillas, y empujó un poco contra mi boca, pidiendo más sin pronunciar nada.
Le comí el coño como si tuviéramos toda la noche y a la vez con la certeza de que alguien podía doblar el recodo en cualquier instante. Metí la lengua dentro, bebí lo que le salía, volví al clítoris y lo chupé con los labios, con ritmo, mientras un dedo se le hundía fácil y otro le rozaba más atrás, sin entrar, solo dándole a entender que podía. Ella jadeaba contra el dorso de su propia mano y a veces soltaba mi nombre en voz tan baja que el viento se lo comía. Yo le aparté un muslo, le dejé una pierna sobre mi hombro y seguí lamiéndola con la cara empapada, la nariz apretada contra su vientre bajo cada vez que ella empujaba hacia mí. El sabor se me metió en la garganta. El sonido húmedo de mi boca contra ella me pareció enorme.
La tela le quedaba hecha un cinturón arrugado. Intenté bajársela un poco para cubrirle el culo por si acaso, y ella me sujetó la muñeca y me la apartó con una claridad que no necesitaba palabras. Quería que el aire le tocara la piel. Quería que, si alguien atajaba por el sendero, viera exactamente lo que yo estaba haciendo con ella contra aquel tronco. La chupé hasta que las rodillas le flaquearon de verdad. El coño se le contraía contra mi boca una vez y otra, y ella se corrió con un gemido largo que intentó morderse en los nudillos, el sabor ácido y dulce quedándoseme en la lengua mientras yo seguía lamiéndola despacio, porque no quería que bajara del todo.
Cuando por fin me puse de pie, la cara me ardía y la polla me palpitaba contra la tela abierta del pantalón, pesada, brillante de su saliva de antes. Akira me miró con los ojos húmedos, todavía dentro del temblor, y me rodeó el cuello con los brazos. «Fóllame aquí», me pidió, y la frase le salió entera por primera vez en toda la noche. Yo la alcé.
Ella era ligera y enredó las piernas alrededor de mi cintura mientras yo le alineaba la polla con el coño y empujaba de una vez, hondo, hasta el fondo. El calor me apretó entero, un anillo húmedo que me recorrió hasta la base. Estaba tan mojada que entré sin resistencia y aun así ella soltó el aire como si le hubiera quitado algo que necesitaba perder. La follé de pie, contra el pino, con el vestido en la cintura y el culo desnudo rozando la corteza a cada embestida. Yo le agarraba los muslos, le abría un poco más, y sentía cómo me apretaba por dentro, rítmica, ya otra vez cerca, los pezones duros bajo la tela cuando se me pegaba el pecho. Cada vez que me hundía del todo ella soltaba un sonido corto, y yo se lo devolvía besándole la boca abierta, sucia de saliva y de lo que yo le había hecho abajo.
Fue entonces cuando oímos los pasos sobre la grava, nítidos de pronto. Tierra suelta, un hombre, el paso seguro de alguien que conoce el atajo de noche. Yo frené, todavía dentro de ella, y empecé a salirme por instinto. Akira me sujetó las caderas con las piernas, me miró a la cara con una seriedad que me cortó la respiración, y dijo «No te salgas ahora», la voz firme aunque se le quebraba un poco al final. La polla me latía enterrada en su coño y yo no me moví, obedeciendo contra todo el sentido común, mientras la figura de un hombre adulto aparecía en el recodo. Era una silueta oscura, quizá de unos cuarenta años, que aminoró el paso al vernos unidos.
El desconocido nos vio juntos: el vestido subido, mis manos en el culo de ella, la forma exacta en que mi polla la tenía abierta contra el árbol. Dio tres o cuatro pasos más, lo bastante lentos para mirar de verdad, y Akira se corrió entonces, de verdad, con un espasmo que me apretó hasta dolerme, la cara escondida de pronto en mi cuello, caliente, temblorosa, mitad vergüenza y mitad algo que no quería esconder. El hombre continuó su camino sin detenerse a hablar, y el sonido de sus pasos se alejó hacia abajo, hacia las luces de la avenida, mientras yo empezaba a moverme otra vez, más hondo, más bruto, porque ella me lo pedía con las uñas en la espalda y con el coño todavía palpitándome alrededor.
«Quiero que te corras dentro», susurró contra mi piel, la voz rota. Yo la clavé en el pino y me corrí así, a fondo, llenándole el coño a pulsos lentos y violentos, la leche caliente que no podía contener, el orgasmo tan fuerte que se me nubló un segundo la vista. Seguí metido en ella mientras se me acababa, respirando contra su pelo, y ella no me soltó las piernas hasta que el temblor se nos fue a los dos, pegados, con el semen empezando a escapársele por donde yo todavía la tenía abierta.
Nos sentamos en la tierra, todavía desordenados, con la espalda contra el mismo pino. Yo me recogí la polla, brillante de ella y de mí, y Akira se dejó el vestido como estaba un rato, las rodillas juntas, un hilo blanco escurriéndole por el muslo interno que ella no se apresuró a limpiar. Le pasé el dorso de los dedos por la mejilla y ella se inclinó a esa caricia con una ternura que no había estado en el follar, casi doméstica, como si de pronto fuéramos otra clase de pareja. Me besó el hueco de la palma. Me preguntó, suave, si yo estaba bien, y yo le dije que sí, que más que bien, aunque el corazón todavía me golpeaba por el hombre que nos había visto y por lo que yo había sentido al no salir de ella cuando me lo pidió.
Akira se acurrucó contra mi costado. Estaba tierna y al mismo tiempo ya en otra parte. Lo noté en la manera en que miraba el camino por donde se había ido el desconocido, no con miedo, sino con una atención quieta, midiendo lo que había ocurrido y lo que había faltado. Yo le bajé por fin el vestido y le cubrí los muslos, y ella me lo permitió esta vez, quizá porque el acto ya había terminado y la dulzura podía ocupar un poco de espacio. Le acaricié el pelo. Le dije que el parque de noche me gustaba más con ella dentro de él, y ella sonrió contra mi camisa sin ofrecerme una respuesta completa, los dedos dibujando círculos distraídos en mi rodilla mientras el viento movía las copas sobre nosotros.
La acompañé cuesta abajo hasta la avenida, donde todavía pasaban taxis con la luz verde encendida. El aire olía a mar y a gasolina barata, ese olor de Barcelona cuando el calor no se ha ido del todo. Akira caminaba cerca, el hombro rozándome a cada tramo, y yo le tomé la mano porque después de habérmela follado contra un pino me parecía absurdo no hacerlo, como si el romance que ella también quería mereciera ese gesto pequeño al final. Delante del bordillo me giré hacia ella y le pedí que nos viéramos en una habitación cerrada, sin parque, sin caminos, solo nosotros y una puerta que nadie pudiera abrir.
Ella me sostuvo la mirada y dijo «Quizá», una sola palabra que me dejó el pecho raro, porque la dulzura de la cita se había fusionado ya con esa necesidad de ser vista y una habitación ordinaria le resultaba, de pronto, una forma de mentira. El taxi frenó junto a nosotros. Yo le abrí la puerta y ella se sentó, se acomodó el vestido sobre los muslos donde todavía se le notaba el calor, y por un segundo casi me pidió algo más. Lo vi formarse en su boca: que la próxima vez alguien se quedara, que alguien mirara de verdad, que yo lo permitiera sin taparla. Cerró los labios sin pronunciarlo, me rozó los dedos desde la ventanilla y el coche se la llevó hacia el puerto, hacia el agua, con esa petición no dicha pegada a ella como lo que yo le había dejado dentro.
Yo me quedé en la acera de Montjuïc con el sabor de su coño todavía en la boca y la ciudad encendida a mis pies, sabiendo que lo que no había pedido iba a seguirla hasta donde fuera.