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Sana Mirza

Sana en la feria de máscaras

Terror eróticoTerror Erótico11 min de lectura

Un relato de Sana Mirza

Sana acude de noche a una feria de máscaras en Valencia y se pone una que no sonríe. Un desconocido con la cara tapada la lleva a un pabellón cerrado. Los dos eligen que los vean.

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La feria nocturna de máscaras se había instalado en Valencia junto al cauce, con farolillos de papel y el olor a cera y a hojas mojadas del otoño, y Sana Mirza cruzó el arco de entrada con una máscara que no sonreía. Tenía veintidós años y no llevaba cámara, solo un vestido negro ceñido a la línea de quien ha bailado delante de espejos y esa cara prestada que le cubría desde la frente hasta la boca. Alguien la había mandado a donde las caras son falsas y ella había acudido.

La vi detenerse entre dos puestos de caretas de cartón piedra, tocando una con la yema como si midiera el peso de no ser vista. Me acerqué con la mía puesta, una máscara lisa de cuero oscuro que no decía nada de mí, y me quedé a su lado el tiempo justo para que el silencio hiciera el trabajo.

«Has venido sin la sonrisa», dije, y Sana giró la cabeza con esa compostura que usa cuando alguien la encuadra. Me miró por los huecos de su máscara y se le notó la mofa breve, esa forma de pinchar lo que acaba de oír.

«Eso es pose de portada», contestó, y no explicó nada más.

Le ofrecí el brazo hacia el pabellón del fondo, el que tenía la lona echada y la puerta entreabierta, y ella lo tomó como si ya hubiera decidido el resto de la noche. Cruzamos entre una pareja que reía con caretas de pájaro y un hombre solo que bebía de un vaso de plástico, y nadie nos pidió el nombre. Dentro olía a madera y a polvo, y un pilar de hierro sostenía el techo bajo una bombilla sucia. Cerré la lona a medias, lo bastante para que el recinto siguiera siendo un recinto y lo bastante poco para que cualquiera pudiera asomarse si quería.

Sana se quedó de pie junto al pilar, con las manos en el vestido, y me miró a la boca aunque la mía también estuviera tapada.

«Si alguien entra, que entre», dijo, y el tono era de juego y de hambre a la vez. Me quité los guantes y le toqué la cintura por encima de la tela, y ella se acercó hasta que el pecho me rozó el pecho. La máscara le impedía besar y a mí también, y eso nos dejó las manos y el resto. Le subí el vestido hasta la cadera y encontré las bragas, ya húmedas, y metí los dedos por el borde para tocarle el coño sin prisa. Estaba caliente y abierta, y se le escapó un sonido bajo la máscara cuando le pasé el pulgar por el clítoris.


Sana se arrodilló sobre el suelo de tablones sin que se lo pidiera, con el vestido subido a los muslos y la máscara todavía puesta, y me desabrochó el pantalón con una calma que no encajaba con lo mojada que tenía la boca del coño. Saqué la polla y la tuve delante de esa cara que no sonreía, dura ya de haberla tocado, y ella me miró un segundo por las rendijas antes de abrir los labios y metérmela dentro. El cuero de su máscara rozó el bajo del vientre cada vez que avanzaba, y la lengua se le aplastó contra el glande con una lentitud sucia, como si estuviera aprendiendo el sabor y no quisiera perderse nada.

Le agarré el pelo por encima de la máscara y la guié un poco más hondo, y Sana dejó que la polla le golpeara el fondo de la garganta y se quedó ahí, tragando alrededor, con las uñas clavadas en mis muslos. Saliva le bajó por la barbilla hasta el escote, oscura bajo la bombilla, y cuando retrocedió un palmo para respirar me lamió el tronco entero, de las pelotas a la punta, sin quitarse la careta ni una vez. El aire le silbaba por los huecos de la máscara y el sonido era más obsceno que cualquier gemido suelto.

«Te gusta que no se me vea la cara mientras te la chupo», dijo, y la frase le salió corta, clavada en lo que acababa de notar, sin discurso detrás. Volvió a hundírmela hasta la raíz y se la folló con la boca, rápida ahora, con la mano cerrada en lo que no le cabía, y yo le apreté la nuca para sentirme entero dentro de esa oscuridad. Las bragas se le habían quedado torcidas entre los muslos y el coño se le veía brillante cada vez que se movía de rodillas. Me corrí casi, la polla palpitándole contra el paladar, y la aparté antes de echarle el semen en la lengua porque quería follarla de pie y no terminar todavía.

Sana se pasó el dorso de la mano por la boca, por debajo del borde de la máscara, y se quedó arrodillada un momento más, mirándome, con los labios hinchados y la respiración alta.

«Martín», dijo, como quien nombra una cosa que ya estaba en la habitación, y se puso en pie con esa misma línea de bailarina, el vestido aún recogido, el coño al aire.


La empujé contra el pilar de hierro y le alcé el vestido del todo, hasta la cintura, y le bajé las bragas hasta media pierna para no perder tiempo. Le abrí los muslos con la rodilla y le pasé la polla por la raja, de arriba abajo, untándome en lo mojada que estaba, y Sana apoyó la nuca en el metal y abrió más las piernas. La metí de un golpe, hasta el fondo, y el coño se le cerró alrededor con un calor que me subió por la espalda. Follarla de pie contra aquel pilar era oírle el aire contra la máscara y sentirle las uñas en los hombros, y cada embestida le subía el vestido un palmo más y le hacía chocar el culo contra mis caderas.

Le agarré un muslo y se lo levanté para abrírsela más, y el ángulo me dejó hondo, rozándole ese punto que le arrancaba un ruido bajo y continuo. El pilar le enfriaba la espalda y yo le calentaba el resto, y Sana se movía al encuentro, no se quedaba quieta, buscando que la polla le diera justo donde quería. Le metí la mano entre los dos y le froté el clítoris con los dedos mojados, sin soltar el ritmo, y el coño se le puso más estrecho, más resbaladizo, hasta que el sonido de la follada llenó el pabellón como si el recinto entero estuviera hecho para eso.

«Más», pidió, y no era un ruego limpio. Le di más, duro, con el metal temblando a su espalda y el vestido hecho un lío entre nosotros, y le mordí el hombro por encima de la tela porque la boca aún no tenía su boca. La marca de la cadera se le veía a media luz, una línea oscura que picaba y se le abría un poco bajo el pulgar cuando se lo aparté el vestido del todo, y Sana ni siquiera bajó la vista: seguía mirándome a los ojos de la máscara, follándose contra el pilar como si el público imaginario ya estuviera dentro.


La giré sin salirme del todo, le pegué el pecho al pilar y se la volví a meter desde detrás, más hondo todavía, con las manos en las caderas y el vestido subido sobre la cintura. El culo se le aplastaba contra mí a cada embestida y el coño le chirriaba de lo mojado que iba, y Sana abrió las manos contra el hierro y empujó hacia atrás para que la polla le llegara hasta el fondo. Por la entrada entreabierta de la lona se recortó de pronto una pareja, un hombre y una mujer con máscaras de luna, parados justo en el umbral, y Sana los vio en el mismo instante en que yo los vi.

No se tapó. No pidió que parara. Empujó el culo hacia mí otra vez, más despacio, como para que se viera bien cómo la polla le entraba y le salía, y yo le aparté un muslo con la mano para abrirla de cara a aquella entrada. La pareja no cruzó. Se quedó mirando, la mujer con una mano en el brazo del hombre, y el silencio de los tres recintos se nos metió entre las piernas.

«Que miren», dijo Sana, y la voz le salió ronca contra el pilar. Seguí follándola así, de espaldas, con el ritmo ahora exhibido, y cada vez que le daba hasta el fondo el coño se le oía y el muslo se le tensaba. Le agarré el pelo y le eché la cabeza hacia atrás para que la máscara les quedara de perfil a los de la puerta, y Sana se rio un segundo, breve, esa risa de quien ha pillado el encuadre y lo acepta. La pareja dio un paso más adentro, sin hablar, y la mujer inclinó la cabeza como quien no quiere perderse el sitio exacto donde yo desaparecía dentro de ella.

Le froté el clítoris otra vez, desde detrás, con los dedos torpes de lo rápido que íbamos, y Sana empezó a temblar contra el pilar, el coño apretándome a oleadas. Los de la entrada no se movieron. El hombre se llevó una mano al pantalón y no llegó a sacarla, solo la dejó ahí, y eso le bastó a Sana para empujar más fuerte, para que la follada se volviera un espectáculo sucio y consentido, con la lona ondeando un poco y la bombilla echándonos una luz amarilla que no perdonaba nada.


No cerré la lona. Seguí metiéndosela con la pareja clavada en el umbral y Sana lo quiso así, porque cada vez que gemía lo hacía más alto, de cara a ellos, y el coño se le contraía como si la mirada le llegara hasta dentro. Le di la vuelta otra vez, todavía dentro, para tenerla de frente, y le alcé la máscara lo justo para encontrarle la boca. Los labios le sabían a saliva y a mí, y la besé con la polla hundiéndosele hasta el fondo, y Sana me mordió primero, suave, como quien prueba.

Le mordí el labio inferior con ganas, hasta que la piel cedió y el sabor a hierro se nos metió en la lengua a los dos, y Sana no apartó la cara: abrió más la boca y me la ofreció, y la sangre le corrió fina por la barbilla, oscura contra el cuero levantado de la máscara. La lamí, se la bebí, y seguí follándola contra el pilar con ese gusto metálico entre los dientes, y ella se agarró a mi cuello y empujó la cadera para que no parara. La pareja del umbral se quedó más quieta todavía. La mujer dijo algo que no se oyó y el hombre no contestó.

«Otra vez», pidió Sana contra mi boca, y le volví a morder el mismo sitio, más despacio, hasta que la sangre le llenó el beso de verdad y se nos resbaló por la mandíbula. El dolor le encendió el coño: se le puso estrecho, caliente, y me la apretó con una fuerza que me sacó un gruñido. Follarla así, con la sangre entre los labios y dos desconocidos mirándonos la polla entrar y salir, era exactamente lo que los dos habíamos elegido al dejar la lona abierta. Le aparté el vestido de la cadera para ver la marca, que se le había abierto un poco más, irregular, picándole bajo los dedos, y Sana ni siquiera miró hacia abajo. Miraba a la pareja y me miraba a mí, y el hambre le llegaba a los ojos por debajo de la máscara a medio subir.


Se la quité del todo en el mismo instante en que Sana me quitó la mía, con las manos torpes y la polla todavía dentro, y la cara que le quedó delante no era una cara que se pudiera guardar. Era todas las anteriores y ninguna, un conjunto de rasgos que se le venían encima como recuerdos que no le pertenecían y como un vacío que sí, y Sana me miró así, sin la careta, con la sangre todavía en el labio, y se le abrió la boca en un sonido que no era miedo. El coño se le cerró de golpe alrededor de la polla y se corrió mirándome esa cara, temblando contra el pilar, con las piernas flaqueándole y el clítoris palpitándole contra el hueso de mi cadera.

Me corrí dentro, hondo, llenándosela a empujones mientras el orgasmo le duraba y le duraba, y Sana no apartó los ojos. Ya no miraba como quien sonríe para que la quieran en una pantalla. Miraba como el hambre mira, quieta y voraz, con la sangre secándosele en la boca y el semen empezándole a bajar por un muslo. La pareja del umbral retrocedió un paso, la lona se movió, y se fueron sin que nadie dijera nada, dejándonos el pabellón y esa bombilla sucia y el olor a sexo y a hierro.

Sana se quedó apoyada en el pilar, respirando, con el vestido hecho un desastre y las bragas aún en un tobillo. Me tocó la mejilla con los dedos, recorriendo esa cara que era todas y ninguna, y no pidió explicaciones. Se pasó la lengua por el labio partido, recogió la sangre que quedaba, y se rio bajito, esa risa corta que le nace cuando ha pillado algo que no va a contar.

«Ya no es la misma pose», dijo, y se quedó mirándome un segundo más antes de bajarse el vestido.


Me agaché y le subí las bragas con cuidado, notándole el semen caliente entre los muslos, y al alisarle el vestido sobre la cadera la marca se había cerrado en un anillo oscuro, limpio, como si la noche le hubiera dado por fin una forma. Sana se pasó la mano por ese círculo y no lo tapó. Se colocó la máscara otra vez, la que no sonreía, y salimos del pabellón hacia las luces de la feria con el labio todavía hinchado y el olor a follar pegado a la piel.

El recinto seguía lleno: dos mujeres con caretas de zorro pasaron riendo, un hombre solo nos miró y apartó la vista. Sana caminaba a mi lado con esa compostura de siempre y con algo nuevo debajo, una atención que ya no buscaba el encuadre limpio. Se detuvo junto al arco de salida, se tocó de nuevo la cadera por encima de la tela, y sacó el teléfono del bolsillo del vestido aunque aquella noche no hubiera grabado nada.

«Mañana enciende igual», dijo, mirando la pantalla apagada como se mira una boca. No era una sonrisa de las suyas. Era el mismo hambre del pabellón, ya no fuera, viajando con ella en el anillo de la cadera y en esa forma de mirar lo que iba a ponerse delante. Cruzó el arco hacia la noche de Valencia y el teléfono se le quedó en la mano, todavía oscuro, y el labio le sangraba un hilo fino que no se molestó en borrar.