
Abigail e Inés se eligen
Cuento erótico trans parejaQueer12 min de lectura
Un relato de Abigail Ouellet
Abigail acude al estudio de Inés Moreau, 26, fotógrafa trans que la sigue y le propuso una sesión. Van a follar como pareja, grabarse si ambas quieren, y Abigail va a pedir quedarse también fuera de cámara.
La nieve se pegaba a los cristales del estudio cuando Abigail Ouellet subió las escaleras del Viejo Montreal con el abrigo todavía cerrado hasta el cuello. Yo la esperaba al otro lado de la puerta, Inés Moreau, veintiséis años, fotógrafa, con las luces ya encendidas sobre el papel de fondo y la calle convertida en un rectángulo negro salpicado de farolas. Ella tenía veintitrés y acababa de abrir el mensaje que le mandé aquella madrugada. Ahora estaba aquí, y yo no iba a dejar que convirtiera lo que quería de mí en un favor más.
Se quitó los guantes con esa calidez que usa para que el otro se sienta atendido antes de que nadie haya pedido nada. Yo no le devolví el espacio ni le di tiempo a anticiparse. Cerré la puerta y dejé que el silencio se asentara entre el trípode y el ventanal, denso, casi físico, como si el aire del estudio también estuviera esperando.
«No estás aquí para hacerme un favor ni para cumplir un brief de trabajo», dije, y la vi detenerse con el abrigo a medio quitar. «Quiero follarte. Quiero grabarnos solo si tú lo quieres. Y no quiero que conviertas lo que te hago en un servicio más.»
Abigail se quedó con las manos quietas en el cuello del abrigo. Por primera vez no desvió la pregunta hacia lo que yo pudiera necesitar. Me miró como se mira una cosa que ya no se puede devolver a su caja, y cuando habló lo hizo entero, sin dejarme adivinar el resto.
«Quiero que me folles», dijo, y la frase le salió tibia, clara, con esa manera de no dejar una pregunta colgando. «Quiero que te quedes. Quiero no tener que adivinar lo que te pasa por la cabeza cuando me miras así.»
Sentí el golpe de esas tres frases en el estómago. Había seguido su contenido durante meses y le había propuesto una sesión para no tener que seguir deseándola desde la acera. Ahora me las devolvía sin disfraz, y el estudio entero, con su olor a papel nuevo y a calefacción antigua, se me hizo demasiado pequeño.
«Entonces te lo voy a dar», respondí. «Y te voy a preguntar cada vez, hasta que se te acabe el hábito de servirme lo que no te he pedido.»
Ella soltó el abrigo y lo dejó caer al suelo. Debajo llevaba un jersey oscuro y la falda con la que seguro había salido del hotel. Se acercó hasta que el pecho me rozó el pecho y me besó sin pedirme permiso para el segundo movimiento. Su boca sabía a frío de calle y a algo dulce que se había tomado en el camino. Yo le agarré la nuca y la apreté contra mí hasta que el beso dejó de ser cortés y se volvió hambre.
Nos desnudamos sin coreografía. Abigail se sacó el jersey por la cabeza y me tendió la mano para que yo le bajara la cremallera de la falda, no como quien espera que le hagan el trabajo, sino como quien decide el orden. Le bajé la ropa interior con ella de pie sobre el rollo blanco, y el contraste entre su piel y aquella superficie inmaculada me dio un vuelco que no tenía nada de profesional. Yo me quité la camisa y el pantalón. Mi polla ya estaba dura, pesada, y ella la miró con una franqueza que me encendió más que cualquier pose.
Se arrodilló sobre el blanco extendido sin preguntarme si estaba bien. Me tomó la polla con las dos manos y se la metió en la boca de un golpe húmedo, sucio, hasta que sentí la garganta cerrársele alrededor. Un sonido le nació al fondo, no de queja, sino de hambre. Yo le aparté el pelo de la cara para verla. Abigail Ouellet, la concierge que resuelve las noches ajenas, tenía los labios estirados alrededor de mi polla y saliva corriéndole por la comisura hasta el pecho.
«Mírame», le dije.
Me miró. No había en esa mirada el brillo de quien cumple. Había decisión, una voluntad nítida que no pedía aprobación. Chupó más hondo, succionó con las mejillas hundidas y usó la lengua bajo el glande con una insistencia que me hizo jadear. Le sujeté la cabeza, no para guiarla, sino para no caerme. Cada vez que retrocedía, un hilo de saliva unía su boca a mí, y ella lo rompía volviendo a tragársela entera, hasta casi ahogarse, y volvía.
El calor me subió por la espalda. Estaba a punto de correrme y ella lo sabía, porque aceleró, sucio, con un sonido de garganta que llenó el estudio. Le agarré el pelo y la aparté lo justo para hablarle.
«Si sigues así me corro en tu boca y todavía no te he tocado el coño.»
Abigail se pasó el dorso de la mano por los labios y se rio bajito, una risa que no le pedía permiso a nadie.
«Entonces tócame», dijo. «Pero no me quites esto todavía. Me gusta cómo sabes cuando estás a punto.»
Volvió a bajarse. Me la metió hasta el fondo y se quedó ahí, tragando, con los ojos entornados, mientras a mí me temblaban los muslos. Tuve que sacársela de la boca con un tirón que me dolió a mí más que a ella. Un hilo de líquido preseminal le brilló en la lengua. Se lo tragó mirándome, y ese gesto me desarmó más que el resto.
La tumbé sobre el rollo blanco. El crujido del papel al ceder bajo su espalda me sonó más íntimo que cualquier sábana. Le abrí las piernas y me puse entre ellas. El coño lo tenía hinchado y brillante, y cuando lo lamí de abajo arriba ella arqueó la espalda entera, no un fragmento. Metí la lengua dentro y la saqué para chuparle el clítoris con la boca abierta, sin prisa de catálogo. Abigail se agarró a mi pelo y tiró, y ese tirón no era cortesía. Era hambre, pura y sin disfraz.
«Ahí», dijo, y lo dijo completo, cálido, sin convertirlo en una pregunta sobre mí. «Sigue ahí. No adivines. Te lo estoy diciendo.»
Seguí exactamente donde me pedía. Le metí dos dedos mientras la chupaba y los curvé hacia arriba hasta encontrarle ese punto que la hizo cerrar las rodillas contra mis orejas. Estaba empapada. El sabor me llenó la boca y yo bebí como quien ha esperado demasiado en una acera de invierno. Le lamí los labios, le metí la lengua otra vez y le froté el clítoris con el labio inferior hasta que las caderas se le descontrolaron. Un gemido largo le atravesó el pecho y se le quebró al final, y yo no paré.
La cámara seguía apagada a un metro. Yo la había dejado así a propósito. Abigail giró la cabeza hacia ella y luego hacia mí, con los ojos húmedos de placer, no de duda.
«Enciéndela», dijo. «Quiero verlo después. Quiero verte la cara cuando me la metas.»
Me incorporé lo justo para alcanzar el interruptor. El piloto rojo se encendió. El monitor del lateral mostró de inmediato su cuerpo abierto sobre el blanco, mis hombros entre sus muslos, mi boca todavía brillante. Abigail se miró a sí misma un segundo y no apartó la vista. Le di otra lamida lenta, para que el encuadre la tuviera así, y ella se corrió contra mi cara con un temblor que le recorrió hasta los tobillos. El coño se le contrajo alrededor de mis dedos. Seguí lamiéndola mientras se le acababa el orgasmo, porque no iba a dejarla bajar sola.
Me subí sobre ella antes de que le volviera el aliento entero. Le pasé la polla por la raja, de arriba abajo, untándome de ella, y Abigail levantó la cadera para buscármela. Se la metí de un empujón hondo. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo de golpe, y el calor de su coño me arrancó un sonido que no supe contener. El papel se arrugó bajo sus omóplatos. Yo le agarré los muslos y empecé a follarla con embestidas largas, sacándola casi toda para volver a enterrársela, de modo que ella sintiera cada centímetro.
«Mira el monitor», le dije.
Abigail giró la cara. En la pantalla se veía cómo mi polla desaparecía dentro de ella, cómo le salía brillante, cómo el bajo vientre se le tensaba a cada embestida. Se miró follada y se mordió el labio. No había vergüenza en esa mirada. Había una avidez nueva, la de quien por fin se deja ver sin estar al servicio de la mirada ajena.
«Más fuerte», pidió, y lo pidió para ella, no para complacerme. «Quiero sentirte hasta el fondo. Quiero que me dejes el coño abierto.»
Se lo di. El estudio se llenó del sonido húmedo de la follada, de su voz, de mis caderas contra su culo. Le bajé la boca a un pezón y lo chupé mientras la empujaba, y ella se agarró a mi espalda con las uñas. El papel se rasgó un poco bajo nosotras. Me importó un carajo. La follé hasta que le vi los ojos perder el foco y entonces le hablé al oído, sin dejar de meterla.
«Dime si me corro dentro. Ahora. No después. No cuando hayas adivinado lo que yo quiero.»
Abigail miró el monitor otra vez, se miró el coño tragándome la polla y me miró a mí. Tenía las mejillas encendidas y una claridad feroz en la cara.
«Córrete dentro», dijo. «Quiero sentirte. Quiero que se me salga luego por las piernas. Y déjalo en cámara.»
Eso me deshizo. Le metí la polla hasta el tope y me corrí con un golpe sordo, llenándola a pulsos, sintiendo cómo su coño me ordeñaba. Ella se corrió otra vez alrededor de mí, más corto, más agudo, con la boca abierta contra mi hombro. Me quedé dentro, palpitando, y juntas miramos el monitor: mi polla todavía enterrada, el semen empezando a escapársele por los lados, su mano en mi nuca. El piloto rojo seguía encendido. Ninguna de las dos lo apagó.
Más tarde, con la noche ya cerrada del todo sobre el Viejo Montreal, la llevé al ventanal. Abajo la calle conservaba su tráfico lento de invierno, farolas, un par de viandantes con la cabeza gacha contra el viento. El cristal estaba frío. Abigail se puso de frente a la calle, las palmas en el cristal, y yo me puse detrás. Le separé las piernas con la rodilla. Mi polla, otra vez dura, se deslizó entre los muslos donde todavía le chorreaba la corrida anterior.
«Si alguien mira hacia arriba nos ve», dije, y no era una amenaza. Era una oferta.
«Que miren», respondió ella, y apoyó la frente en el cristal. «Quiero que me folles aquí. Quiero estar a la vista y que no sea un truco para la cámara. Apágala.»
Fui hasta el trípode y apagué el interruptor. El piloto se extinguió de golpe. Volví a ella y se la metí de pie, de una embestida que la pegó al ventanal. El cristal se empañó con su aliento. Abajo un hombre cruzó la calle sin levantar la cara, y eso, el riesgo abierto, el hecho de que cualquiera pudiera alzar la vista y verle las tetas aplastadas contra el cristal y mi cadera golpeándole el culo, nos puso a las dos más calientes de lo que aquella superficie blanca del estudio había conseguido.
La follé contra la noche. Cada embestida le subía un gemido que el cristal devolvía apagado. Le metí la mano por delante y le froté el clítoris con dos dedos mientras se la enterraba. Abigail empujaba hacia atrás para tomármela toda, y hacia adelante para que la calle la tuviera, y esa doble dirección me encendió de una manera que no tenía nombre todavía.
«Dime qué quieres ahora», insistí, porque esa era la pregunta que no iba a dejar de hacerle. «No me lo sirvas. Pídelo.»
«Quiero que me dejes marcada», dijo, la voz rota de placer. «Quiero correrme con la calle ahí abajo. Quiero que me agarres el cuello.»
Le puse la mano en la garganta, sin apretar de más, solo para que sintiera el peso de mi decisión coincidiendo con la suya. El coño se le cerró alrededor de mi polla. Se corrió temblando contra el cristal, empañándolo del todo, y yo la seguí, corriéndome otra vez dentro, más hondo, con la frente contra su pelo. Un taxi pasó abajo. Nadie miró hacia arriba. Aun así nos quedamos ahí un rato, unidas, a la vista de quien hubiera querido vernos, porque las dos lo habíamos querido.
Apoyé la espalda en el marco y la sostuve contra mí mientras le bajaba el orgasmo. El estudio olía a sexo y a papel rasgado y a la humedad que el cristal devolvía. Abigail se rio contra mi cuello, esa risa llena que no le deja a nadie la tarea de completar la frase.
«No quiero que esto se quede en el estudio», dijo, y se separó lo justo para mirarme. Tenía los labios hinchados y una seriedad cálida que no le había visto en ninguna foto. «Quiero ser tu pareja también fuera. Quiero que me folles y que te quedes y que no tenga que adivinar si mañana sigues aquí. Te lo estoy pidiendo.»
La oí. La oí completa, sin rellenar huecos ni adelantarme a lo que pudiera necesitar. Había pasado meses dándoles a extraños lo que no le pedían, y ahora me lo ponía delante sin convertirlo en un arreglo de concierge. Yo le aparté un mechón pegado a la sien y le besé la boca con una lentitud que no tenía nada de escena.
«Sí», dije. «Eres mi pareja. Fuera de la cámara, fuera de este papel, fuera de lo que hayas creído que tenías que ofrecerme para merecer quedarte. Me quedo.»
Ella cerró los ojos un segundo, como quien deja caer un peso que ha llevado demasiado tiempo, y luego me abrazó con todo el cuerpo, desnuda, todavía chorreándome por dentro. Nos sentamos en el suelo, sobre el papel destrozado, y hablamos de cosas que no eran sexo: de su turno en el hotel, de mis encargos, de la nieve que no iba a parar hasta la madrugada. Entre frase y frase me besaba la clavícula, y yo le pasaba la mano por la espalda, y el deseo seguía ahí, bajo la conversación, como una brasa que no pedía apagarse.
Más tarde Abigail tomó el teléfono. El borrador de contenido que reescribía después de cada encuentro estaba abierto, lleno de frases que todavía le hacían el trabajo al que miraba. Lo leyó en voz alta para mí, se detuvo y lo reescribió sin pedir mi visto bueno. Le dio a publicar. El envío hizo un sonido mínimo, casi tímido contra el silencio del estudio. Después abrió el correo del hotel y pidió los días, una excedencia breve, con la misma claridad con la que me había pedido que me corriera dentro.
«Ya no puedo ponerme esa cara para trabajar», dijo, y no era una queja. Era un hecho que acababa de aceptar. «La cortesía se me ha roto. Voy a tener que vivir de día sin ella.»
Yo le tomé la cara entre las manos. Fuera el Viejo Montreal seguía su noche de invierno, ajeno a nosotras, o quizá no del todo. Éramos pareja a la vista. El semen se le había secado en el muslo. El monitor negro reflejaba apenas nuestras dos siluetas en el suelo.
«Entonces vívelo», le dije. «Yo voy a estar cuando salgas a la calle sin esa máscara. No tienes que adivinarlo.»
Abigail asintió, me besó y se quedó dormida contra mi pecho con la respiración lenta de quien por fin ha pedido lo que quería. Yo la miré un rato más. Mañana tendría que cruzar el vestíbulo del hotel sin la versión de sí misma que solo se anticipaba a los demás. Esa versión ya no volvía. Lo que quedaba, desnudo y resuelto y todavía húmedo entre nosotras, iba a tener que aprender a caminar de día.