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Nightfolio

No me filmes otra vez

Hace dos años Sienna Clark convirtió Can Vives en escenario y se fue. Ahora una marca le exige cuatro semanas en la única finca de Sóller que le cerró la puerta. Marc Vives tiene la llave, la licencia y una etiqueta que todavía lleva su nombre. Lo que se deben no cabe en un reel, y el contrato tampoco aguanta lo que se hacen con la cámara apagada.

No me filmes otra vez

El sol se iba detrás de las montañas de Sóller y la grava crujió bajo las botas de Sienna. La mochila le pesaba en un hombro. La GoPro de pantalla rajada le golpeaba el muslo a cada paso. En el teléfono seguía abierto el encargo de la marca: cuatro semanas, presencia humana auténtica, finca con naranjos.

Marc Vives esperaba en el porche de piedra. No había recepción. No había sonrisa. Tenía la llave de hierro en la palma, la etiqueta de papel amarillo vuelta hacia abajo.

Sienna subió el último tramo y se detuvo a un metro. El olor a naranja amarga y a hierbas le llenó la garganta. Él no se movió. Ella miró primero la llave, el hierro oscuro contra la piel, y después su boca. El colmillo astillado asomaba cuando apretaba la mandíbula. Un segundo de más en esa boca. El viento de la tramuntana le pegó un mechón a la mejilla. Marc siguió la hebra con los ojos hasta la comisura y luego miró hacia los naranjos, como si el camino pudiera devolverle la distancia.

«El único motivo por el que no te he dejado en la carretera es una cláusula que yo no firmé», dijo.

Ella no contestó enseguida. El metro entre los dos no lo cerró nadie.

«La capilla está cerrada. Nada de planos de Marta. En julio viene la inspección. Si el consell ve un trípode donde no debe, se acaba la licencia y el sueldo de mi hermana. Puedo echarte esta misma noche.»

Sienna habló en fragmentos, más brillantes de lo que el porche pedía.

«Cuatro semanas. La marca paga el alquiler de Queensland. Tú tienes la puerta.»

Se quedó esperando el resto de la frase. Marc no lo dio.

Le tendió la llave. Los dedos se rozaron. El hierro estaba frío. Ella no retiró la mano a tiempo y él tampoco. El contacto duró lo que no debía. La palma de él se quedó abierta cuando ya no tenía nada que ofrecer.

Dentro, el wifi pidió contraseña. La red se llamaba sienna_dawn1. Él no la había cambiado. La rodilla derecha de Sienna empezó a moverse, el tic pequeño que usaba en cámara. La punta de la nariz no se le puso rosa. Todavía actuaba.

«No la has borrado», dijo.

«No he tocado el router.»

Ella podía haber dado un paso atrás, hacia la grava. Dio uno hacia la puerta. Él no se apartó. El pecho casi le rozó el hombro. Ella inhaló. A él se le notó el trago en la garganta.

«Nada de capilla», repitió, más bajo.

«Con esa llave has hecho menos de lo que podrías», dijo ella, y se calló.

Marc cerró la mano vacía. La llave ya era de ella y no lo era. Él seguía teniendo la casa, la licencia, la facultad de dejarla en la carretera antes del anochecer.

Marta cerró su puerta arriba. El golpe seco recorrió la escalera. En la cocina, el trípode de Sienna estaba apoyado junto al fregadero, las patas abiertas sobre la baldosa fría.

Marc lo señaló con la barbilla.

«Ese plano de hace dos años. El de la capilla. Todavía lo pone gente en comentarios. Mi hermana sale de perfil, desenfocada, y aun así me escriben para preguntar el nombre del pueblo.»

Sienna no lo convirtió en lección. Dejó la botella de agua sobre la encimera y se quedó cerca, demasiado cerca para una pelea limpia. Si alguien trataba su trabajo como un disfraz, ella cambiaba de tema. Cambió.

«La llave sigue con tu calor.»

«No lo vas a filmar. Punto.»

Nadie dio un paso grande y el espacio se redujo igual. Ella le miró la boca. Él le miró el cuello, el collar de metal fino que le subía y bajaba con el pulso. La rodilla de ella dejó de bailar. No era cámara. Era él.

Se fueron a la boca con rabia. Dientes. Lengua. El colmillo astillado le raspó el labio inferior. Sienna le bajó el cierre del pantalón con las dos manos. Él no la detuvo. Tampoco le apartó la tela del todo. Quedó a medias, duro, la polla ya fuera, caliente contra los dedos de ella, una vena marcada bajo el pulgar.

Sienna se arrodilló en la baldosa. El frío le subió por los huesos. Le pasó la lengua por debajo, de los huevos a la cabeza, lenta a propósito, y lo metió entero hasta que le golpeó el fondo de la garganta. Marc le sujetó el pelo. No tiró. Solo sostuvo, los nudillos blancos contra su sien. Arriba, una tabla del pasillo crujió y se quedó quieta.

«Marta», dijo él, apenas un soplo.

Ella no se apartó. Chupó más hondo, saliva por la comisura, la mano en la base, el ritmo sucio y rápido que él no había pedido en voz alta y que tomó igual. A cada bajada se oía el golpe húmedo contra el paladar. Marc apretó los muslos. Se le escapó un sonido, bajo, que la caja de la escalera podía llevar arriba. Se corrió en su boca, a pulsos, espeso, y ella se lo tragó porque no había otro sitio donde ponerlo sin dejar prueba en la encimera.

Él se pasó la lengua por el colmillo astillado. Acababa de decir que sí a lo que juró que no.

Sienna se levantó. Se limpió con el dorso de la mano. Le dejó el collar marcado en el muslo, una raya roja sobre el vello. No terminó la frase. Él tampoco le devolvió la llave. La etiqueta amarilla seguía vuelta, escondiendo el nombre.

Tres días. Sienna entregó brutos de naranjos y de desayuno. Nada de él. Nada de la cocina. El calendario de la marca pidió más cara, más voz, más presencia. Ella mandó luz en las hojas y calló lo demás.

De madrugada el ventilador de techo cojeó y dio un golpe seco. Marc entró porque el golpe no paraba. La encontró despierta, la GoPro en la mesilla, la pantalla rajada hacia la pared.

Se quedaron mirándose. Ella podía haber cubierto las piernas. Las dejó donde estaban, abiertas lo justo, la sábana baja hasta la mitad del muslo. El rosario de la abuela colgaba de la cabecera de hierro, inmóvil.

Él apartó la cámara con la palma.

«No.»

«No la he encendido.»

Le abrió las piernas del todo. Se bajó entre ellas. Le comió el coño con la boca abierta, lengua plana primero, recorriéndola de abajo arriba, después punta contra el clítoris, dos dedos buscando dentro, curvados, hasta que a Sienna se le paró la rodilla derecha. De verdad. La punta de la nariz se le puso rosa. El hueco de la garganta le latía. Por primera vez en Can Vives no estaba interpretando.

«Ahí», dijo ella. «No pares.»

No paró. La chupó hasta que ella se corrió contra su boca, con un temblor corto, la mano en su pelo. Él no retiró el rosario. Le lamió lo que ella había dejado en la barba.

La folló enseguida. Empujó la polla dentro, sin goma, caliente, y Sienna le puso la palma en el pecho.

«Condón.»

Se lo puso. Las manos le temblaron un segundo al romper el sobre. La folló despacio, hondo, nombrando lo que no iba a salir en cámara: la licencia, Marta, el inspector de julio, la red que todavía llevaba su nombre. Cada nombre coincidía con un empujón. Ella lo oía y lo quería igual, las uñas en su hombro, el coste dicho en voz alta mientras él le llenaba el coño. Se corrió con un temblor en la mano izquierda al sujetarle la cadera. Ella lo sintió a través del látex, el pulso, el peso, el calor que no llegaba a piel.

Una hora después grabó el amanecer en Sóller con la voz cambiada y el collar retorcido hasta dejarle una raya roja en la clavícula. El encargo pedía luz. Ella dio luz. No dio lo demás.

Casi las una. Marc abrió la capilla para cambiar una bombilla. El candado colgó del gancho. Olor a cera vieja y a piedra húmeda. Sienna entró detrás, vestido de tirantes, los pies descalzos sobre la losa.

Él la miró como se mira una decisión mala.

«Esto no.»

«Aquí has abierto más de lo que ibas a abrir», dijo ella, y esperó.

La sentó en el banco de madera. Le subió el vestido hasta la cintura. No llevaba nada debajo. Le metió dos dedos, gruesos, hasta el fondo. Ella mojó hasta la muñeca. Los muslos le temblaron contra la madera. Estaba a punto de pedirle la polla contra el altar laico, goma o no, cuando llegaron las voces.

Bastones en la grava. Un grupo. Reserva de visita al huerto. Alguien rió cerca del primer naranjo. Los pasos se acercaron lo bastante para distinguir una palabra en mallorquín.

Marc le sacó los dedos. Se los pasó por la lengua una vez, rápido, y le bajó el vestido con las dos manos. Le temblaba el pulso en la muñeca. Cerró el candado. Salió primero, la bombilla todavía en el bolsillo.

Lo que lo detuvo no fue pudor. Fue la licencia, dicha en voz alta entre los naranjos, el riesgo de que un senderista viera la capilla abierta y a una chica con el vestido torcido y los pies sucios de losa. Si los veían, la denuncia iba al inspector. El sueldo de Marta colgaba de esa bombilla sin cambiar.

Sienna se quedó un segundo con las piernas juntas, todavía mojada, el coño latiéndole contra la tela. El banco conservaba el calor de su culo. Después caminó hacia la luz. No grabó nada. La GoPro pesaba en la bolsa como una acusación. En el huerto, Marc hablaba de riego con una voz que no era la de la cocina.

Sienna se encerró a grabar un vídeo corto de noche que no iba a publicar. Se tocó con dos dedos, el coño ya hinchado de los días anteriores, la toalla a rayas azules desteñida tapando la lente de la GoPro. Dejó la puerta entreabierta a propósito. Abrió las piernas hacia el pasillo, no hacia la cama. La rodilla derecha bailaba un poco, de oficio. Después dejó de bailar.

Marc la vio desde el marco. No avisó. No tocó la madera. El marco le hacía de visor. Contó tres ciclos de sus dedos, la humedad que le brillaba en los nudillos cuando los sacaba, el arco de la espalda, la boca abierta sin sonido. El ventilador seguía cojeando. Él no entró. El coste de quedarse ahí era el de siempre: Marta a dos puertas, julio, la licencia. Aun así no apartó la vista. Ella no había cerrado. Él no había llamado. El tiempo se alargó lo bastante para que él viera cómo se le paraba la rodilla de verdad, cómo se le ponía rosa la nariz, cómo el gesto dejaba de ser el de siempre y se volvía solo suyo.

Cuando la rodilla se le paró, él habló.

«Sienna.»

Ella no tapó nada. Le miró desde la cama, los dedos quietos dentro.

«Has visto más de lo que has dicho.»

El silencio hizo el resto.

Entró. Se arrodilló entre el marco y ella. Apartó la mano de Sienna y le chupó el coño, lento, sucio, el mentón mojado, la lengua donde ella se había estado tocando, el sabor a ella y a la espera. Ella le agarró el pelo. Después él se puso de pie, ella también, contra el mismo marco desde el que él había mirado. Le bajó los pantalones. La polla le golpeó el muslo, ya dura de haberla visto.

«La goma», pidió él, en un susurro.

Ella negó con la cabeza una vez y luego dijo que sí, porque Marta dormía a dos puertas y el pasillo seguía abierto.

La penetró de pie. La toalla seguía en la cámara. Cada embestida le subía el vestido hasta las costillas. Él la tenía agarrada por los muslos, los talones de ella contra su culo. Se corrieron en silencio, la boca de ella contra su hombro, la de él contra su pelo, por Marta, por la grava, por el inspector que aún no había venido. La tarjeta SD seguía en la cámara. El archivo existía. Nadie lo había abierto.

El desequilibrio quedó en la llave que él no le había devuelto y en el hecho de que ella dormía en su casa para cobrar.

Casi las dos. En la mesa de edición, un clip de rutina matinal arrastró audio de él diciendo su nombre mientras se corría. El botón de publicar estaba a un pulgar. Sienna no iba a recastar aquello como viaje ni como moraleja. Por eso no lo subió. Borró. El gestor de la cuenta le escribió que el calendario flaqueaba y que el pago se recortaba si no había presencia humana auténtica. El coste del silencio era dinero concreto: dos meses de alquiler en Queensland, no seis.

A las once y cuarto estaban en el porche. Los huéspedes de día llegaban a las doce. La tramuntana movía las hojas y no era suficiente para tapar nada. Ella se sentó a horcajadas encima de él, la toalla a rayas sin cubrir el punto donde estaban unidos, la polla dentro, mojada, el camino de naranjos a la vista. Se la folló con la casa abierta. Él le sujetó las caderas. Ella no miró hacia dentro, donde había dejado la cámara apagada, de propósito.

«Si paran», dijo él.

«Tú tienes la licencia. Yo tengo el calendario.»

Un coche frenó entre los naranjos. La puerta del copiloto se abrió y se quedó así. No hubo corte. Sienna siguió un segundo más, el vaivén a la vista, hasta que Marc la cubrió con el pecho, el peso, la sombra. Terminó dentro, un pulso hondo, los dientes en su hombro. Ella se rió en un fragmento y le dejó a él el final de la frase. El conductor tardó en volver a cerrar. Hubo piel, movimiento, la toalla baja, el camino. El motor arrancó otra vez.

Marta bajó cinco minutos después con la reserva en la mano. Sienna ya tenía la toalla alrededor de la cintura. Marc tenía la boca cerrada. En el expediente invisible de julio acababa de nacer una queja que todavía no tenía papel.

Semana cuatro. Sienna mandó el correo a la marca: no podía entregar un día en la vida sin mentir o sin usar a alguien que le había pedido no ser escenario. Le cancelaron el contrato esa misma tarde. Marta encontró en el cajón de la oficina la llave con la etiqueta de papel amarillo: Sienna, no cam. Una queja anónima entró al consell. Marc tenía la facultad de echarla. No lo hizo.

Por la noche, en la cama de hierro, el sexo fue sucio y lento. De lado. Él la penetró hondo, sin prisa, la polla mojada de ella, el rosario de la abuela todavía en la cabecera. Le habló de la licencia provisional y del sueldo de Marta mientras la follaba, la boca en su nuca, cada frase un empujón que ella recibía y devolvía. El coste no se había ido. Estaba dentro, dicho, y ella lo apretaba igual. Se corrió rodeándolo por dentro, la nariz rosa, la rodilla quieta. Después le chupó los dedos, uno a uno, el sabor de su coño y de su propia saliva, hasta que a él se le puso otra vez dura contra el muslo.

No se fueron a negro. Ella lo guió otra vez, más corto, y cuando él le tapó la boca para que Marta no bajara, ella asintió contra la palma. Se corrió dentro. Ella no pidió que parara. Cuando terminó, lo que quedó sobre la mesilla no fue el sudor: fue el correo de cancelación y el acuse del consell. El archivo de la capilla no existía. El del porche tampoco. Existía la casa. Existía julio. Existían los dos bajo el mismo techo, sin contrato y sin red, la llave de hierro todavía con su nombre en un papel que Marta ya había leído.