Deja de hablar
Elsa Magnusson cobra por conversar en un loft de Malasaña que no es suyo. Iker Solana cobra por las luces y por no tocarla. Después de la última llamada de Estocolmo, él le pide que cierre la boca y el contrato se queda demasiado pequeño para los dos.
Cuelgué al cliente de Gotemburgo a las 19:40. El tono le cortó la última frase. El control tres de la mesa de luces no llegó a cero. Zumbaba contra el ladrillo. En la taza astillada quedaba café instantáneo. Olía a cable caliente.
Iker cruzó el loft. Las llaves golpearon dentro del bolsillo de su pantalón de trabajo. Él tenía la puerta. Tenía la mesa. Tenía el acuerdo que me impedía contar lo que pasaba aquí. Yo tenía las horas de conversación que pagaban el visado y el alquiler.
Se paró junto a la silla Markus. La ventana de la calle Pez estaba entreabierta. Pasó una moto. El aire le movió el pelo de la frente y no se lo apartó. Miró el micro todavía encendido, luego mi boca, y se quedó en la boca. No dijo nada durante un rato. El zumbido llenó eso. Yo tampoco llené. Le vi la mancha de polvo de tiza de foco en el dorso de la mano, parada a un palmo del reposabrazos. Su rodilla rozó el plástico de la rueda. No la apartó. Yo dejé la silla donde estaba, un palmo más cerca de él que del micro.
«Hablas de más contra el micro», dijo.
Le devolví la frase un poco más generosa de lo que él había dicho.
«Hablo de más contra el micro y tú lo oyes todo desde las luces que cobras», dije.
Esperé. Quise ver si se la tragaba. Él no negó. El logo de la agencia estaba en la tapa del MacBook, a un palmo de mis labios.
Me puso dos dedos en la nuca. Empujó. La silla crujió en la rueda trasera izquierda. El tendón izquierdo del cuello se me puso duro. Las manos se me quedaron quietas sobre los muslos. En las llamadas hablaba con las palmas. Ahora no.
El calor de sus dedos no fue un accidente. Yo no lo traté como un accidente. Abrí la boca para decirle que soltara y la volví a cerrar. Él miró esa decisión como mira un foco, de cerca, sin prisa. No quitó la mano.
Sacó un cable negro del cajón de inventario. Dio casi dos vueltas a mis muñecas contra el barniz de los brazos. El plástico estaba caliente de estar enrollado. Sentí el pulso en las palmas. Él tiró un poco. Yo dejé que tirara. Comprobó el nudo con el pulgar, igual que comprueba si un foco aguanta.
El MacBook sonó. Un aviso de Slack. La agencia escribía inventory check mañana. Mañana contaban cables. Mañana miraban la silla. El visado y su contrato cabían en ese aviso.
Él soltó. El cable cayó entre mis rodillas. El zumbido del control tres ocupó el hueco. Las marcas del plástico todavía latían y él ya estaba a un paso, con las manos fuera.
Yo no llené el silencio.
Él guardó las llaves otra vez. Cruzó hacia la mesa. No pidió perdón. Yo no inventé una frase para que esto pareciera otra cosa. Si lo hacíamos aquí, se acababa el retén sueco. Se acababa su contrato de luces. Los dos lo sabíamos. Ninguno lo dijo. Me quedé con las muñecas libres y las manos todavía quietas.
El 10 de octubre, a las 20:10, Iker ató mis muñecas a los brazos de la Markus con dos cables del inventario. Izquierda. Derecha. Tiró hasta que el nudo apretó el hueso. La rueda crujió. Tenía una llamada a las 20:30. Él lo había visto en el calendario de la agencia, abierto a un palmo de mi boca.
Veinte minutos. El visado cabía ahí. Él se arrodilló entre mis rodillas de todos modos. Yo no las cerré.
Me abrió la boca con el pulgar. El pulgar sabía a cobre y a café. Sacó la polla. Estaba dura. Me la apoyó en la lengua. Entró. Siguió. Llegó a la garganta. Me tapó la nariz un segundo y yo tragué alrededor de él. La saliva bajó por la comisura. Goteó al logo de la tapa. Entre las piernas se me había puesto todo caliente y apretado, sin que nadie me tocara ahí.
«Esto no es conversación», dijo. «Es un agujero bajo las luces que yo pago.»
«Un agujero bajo las luces que tú pagas», repetí, con la voz ya ocupada, y esperé a ver si se la tragaba. Se la tragó. Empujó más hondo.
No dije basta. Él no paró. Me sujetó la cabeza por el pelo sucio del día. Folló la garganta hasta el ahogo. Escupió dentro. La saliva suya se mezcló con la mía. El control tres zumbó. Yo mojé la braga contra la silla donde cobraba las horas.
Me corrió en la lengua. Caliente. Mucho. Me sujetó la mandíbula.
«Traga.»
Tragué. Tragué otra vez. Las manos no se movieron. Él se quedó dentro un segundo más y salió. Un hilo fue de su polla a mi labio.
Cogió el paño amarillo de las lentes. Lo pasó por la boca. Supo a alcohol de limpiar cristal. Me limpió la barbilla. Me soltó un cable. Luego el otro. Marcas en las muñecas. Marcas en el barniz. El barniz no iba a alisar solo.
La voz me salió rasposa.
«¿Qué has comido al mediodía?»
Él se subió la bragueta. Miró el reloj.
«Lentejas de tupper», dijo.
Asentí. No añadí calor. A las 20:29 me puse los auriculares. El cliente entró. Yo saludé en frases cortas. Iker se quedó en la mesa de luces, con las llaves otra vez en el bolsillo, y no bajó el control tres.
El 17, la llamada de las 18:00. Llevaba auriculares. El cliente de Estocolmo se quedó en un silencio largo. Iker se arrodilló entre la silla y la ventana, fuera del plano de la cámara apagada. Me bajó la braga hasta media pierna. Me abrió los muslos con las palmas. Me metió dos dedos. Estaba mojada. Él lo notó y no lo celebró. Me buscó el punto y se quedó ahí. Subió. Bajó. El muslo empezó a temblar. Me quitó la mano.
Me untó el muslo con lo que sacó de mí. Frío al aire. Si el cliente oía un solo ruido que no fuera mío, se acababa el visado. Se acababa su contrato en la misma frase. El coste se me quedó entre los dientes mientras él volvía a entrar con los dedos.
El cliente volvió.
«¿Sigues ahí?»
«Sí», dije. «Sigo.»
Frases cortas. Pares. Genuinas. Sin calor de más. Iker me dejó otra vez al borde y otra vez me quitó la mano. Las mías seguían quietas sobre los muslos, al revés de cómo hablaba cuando nadie me tocaba. El MacBook estaba a un palmo.
Me escribió al móvil una sola palabra: basta.
Dejó de meterme los dedos. Empezó a terminar mis frases desde fuera del plano. Yo dije «el envío» y él, sin micro, dijo «sale el viernes». Yo dije «la tarifa» y él movió la boca: «la de octubre». El cliente me oyó a mí. Iker me oyó a los dos. El poder se le fue hacia mi lado de la frase y volvió a él cuando me apretó la rodilla para que no cerrara las piernas.
No me corrí. Él sí. En el hueco de su propia mano, contra mi rodilla. El semen quedó a la vista, blanco sobre la piel, hasta que colgué. El cliente se despidió. Yo me despedí. Iker no limpió. Yo tampoco. La braga siguió a media pierna. El zumbido del control tres cubrió lo que no dijimos.
«¿Has comido algo?», pregunté.
«Un bocadillo en la Corredera», dijo.
Asentí. El semen se enfrió en la rodilla. Yo no nombré nada más grande que eso.
El 24 llegó a las 19:20 con cuerda de cáñamo de la ferretería de Corredera Baja. Todavía tenía la etiqueta. Me sentó de cara al ciclorama gris. Me hizo una columna simple en el tobillo izquierdo. Unió la cuerda al pie de la torre de luces. El polvo del cáñamo se me pegó a la piel y al barniz.
Me levantó el vestido. Me bajó la braga. Me apoyó la polla en la raja. Caliente. Dura. Casi entró. La cabeza abrió un poco. Yo empujé atrás un milímetro. Él empujó adelante un milímetro. El visado se me metió entre los dientes como el polvo de la cuerda. Abrí la boca para decir que no y no lo dije. Él no entró del todo. Se quedó ahí, abriéndome, y el zumbido del control tres midió lo que no hacíamos.
El timbre.
Mensajería de la agencia. Un fondo de papel nuevo para el ciclorama. Iker se salió. Cortó la cuerda con el cúter de cable. El cáñamo cayó al hormigón. Se subió la bragueta con los dedos que olían a mí. Abrió la puerta.
Yo me quedé descalza detrás del ciclorama. El vestido cayó. El tobillo marcaba. No inventé una explicación más grande que la que tenía.
El mensajero dejó el rollo. Iker firmó. El hombre se fue. El olor a papel nuevo se mezcló con el de la cuerda.
«Has firmado tú», dije.
«He firmado yo», dijo.
Era la misma frase, un poco más suya. Esperé a ver si se la tragaba. Se la tragó. Recogió el trozo de cáñamo. Lo metió en el bolsillo con las llaves. Yo no llené el silencio. El visado cabía en esa ausencia. El contrato de luces también. Los dos lo dejamos ahí, a un palmo del logo de la tapa.
Sábado 2 de noviembre. Tarde sucia de sol bajo el lucernario. No había llamada. No había cliente. Sin ellos, no había dónde esconder el ruido. Iker me ató las muñecas a los muslos con la misma cuerda. Polvo de cáñamo en la piel. Me puso el cinturón de trabajo en la garganta, la hebilla al lado del tendón, apretado lo justo para que cada trago me lo recordara. No lo dejó más.
Me azotó con la mano. El color del culo quedó desigual. Intenté rellenar un silencio y me dio dos bofetadas. La mejilla quemó. La boca se me abrió. Entre las piernas se me apretó otra vez, y eso también era mío.
«Da las gracias.»
«Gracias», dije.
«Otra vez. Palabra por palabra.»
«Gra. Cias.»
Me folló en el hormigón frío. Me sujetó las nalgas abiertas. Entró hasta el fondo. El cinturón apretó cuando empujó. No pedí que aflojara. Él no paró. El coño hizo un ruido sucio contra él. Me mojó hasta el muslo. Me corrí con la cara contra el ladrillo y él no lo nombró. Me corrió en la espalda. Caliente. Bajó hacia el culo marcado.
Pasó el paño amarillo por la piel como si fuera cristal de objetivo. El alcohol picó. El sol bajó. Yo no nombré el querer más grande que el que sentía.
«Es suficiente», dije.
«No», dijo él.
No hablaba del hormigón. Hablaba de lo pequeño que yo dejaba el asunto. Me soltó las muñecas. Los nudos dejaron polvo en los muslos. Me dejó el cinturón un rato más, el cuero caliente, y luego lo sacó. Él se lavó las manos en el fregadero del loft. Yo me quedé en el hormigón. El suficiente se quedó entre nosotros, pequeño, y no alcanzó.
El 6 de noviembre Iker montó una prueba de luces con la cámara de inventario. La dejó encendida a propósito. Yo la vi. No dije que la apagara. Me ató a la Markus. Rodillas abiertas. Cables en las muñecas. Me usó la boca primero. La polla llegó otra vez a la garganta. Saliva. Ahogo. El micro de solapa estaba puesto.
«Boca», dijo al micro. «No conversación.»
Luego me folló a cámara. El ciclorama gris detrás. El logo de la agencia a un palmo. Entró. Salió. Me sujetó el pelo. Me llamó agujero otra vez. Yo mojé la silla. El archivo se llamó prueba y pesó poco. Se subió solo a la carpeta de Dropbox de la agencia. Permaneció cincuenta minutos. Nos quedamos los dos mirando el recuadro. El porcentaje subió. Nadie lo detuvo. Cada minuto era el visado y el contrato puestos en una carpeta que no era nuestra. Él abrió la carpeta. Lo borró. Pidió también la papelera. El recuadro desapareció. El susto no.
Esa noche, con las luces ya apagadas, me lubricó el culo con saliva y con lo que quedaba de mí. Me penetró despacio. Sucio. Hasta el fondo. El susto no había apagado nada. Tragué en seco una vez. El hueco de la garganta recordaba el cuero y aun así tragué como si el cinturón siguiera. Me corrí otra vez, más pequeño, contra el barniz, y no lo nombré.
«¿Has desayunado?», pregunté.
«Un café», dijo.
Asentí. Él se quedó dentro. Yo no pedí más. Él no ofreció menos. Las llaves estaban en la mesa. El acuerdo seguía firmado. El archivo ya no estaba y el miedo sí. Me soltó las muñecas. Me dejó en la silla. La rueda crujió. El control tres, en la oscuridad, siguió zumbando.
El 12 se lo pedí yo. Frases cortas. Sin calor de más.
«Deja de hablar.»
Él me miró la boca otra vez, no el micro.
«Aquí», dije. «En las horas que no son de ellos.»
Esperé a ver si se la tragaba. Se la tragó. Pagó tres días extra del loft con su propia tarjeta. Se gastó el retén. Lo que hiciéramos ya no cabía en el contrato de la agencia.
Por la tarde grabé una llamada con la cuerda de cáñamo ceñida bajo la camisa. Nudos contra las costillas. El cliente preguntó si estaba sola.
«Sí», dije.
Colgué. Iker me tumbó en el suelo todavía atada por debajo de la ropa. Me abrió las piernas. Me folló duro. El hormigón frío. La cuerda apretó las costillas en cada embestida.
«Repite. Frase corta. No estabas sola.»
«No estaba sola.»
Lo dije otra vez. Entregué ahí la versión genuina. La conversación dejó de ser el evento principal. Él se corrió dentro. Yo no nombré nada más grande.
El 14 fue la última noche que había pagado. Me puso el cinturón en la garganta. Gateé hasta la mesa de luces sobre el ladrillo. Me arrodillé. Me folló la garganta. Luego el coño. Me dio palmaditas en la mejilla con la polla todavía sucia de los dos.
«El suficiente se acabó», dijo.
No añadí calor. A las 23:10 el MacBook de la agencia recibió un correo. Asunto de auditoría. No lo abrimos. Él dejó las llaves en la mesa. Yo dejé la mano en su muñeca, quieta, como en la silla. El ladrillo me dejó marca en las rodillas. Él me pasó el paño por la boca otra vez. Alcohol. Cristal. Yo dejé que lo hiciera. No pregunté qué iba a pasar el lunes. Él no ofreció una versión más grande.
Nos dormimos con el control tres todavía zumbando. El lunes iban a contar cables. Iban a ver marcas en el barniz. Iban a ver un acceso raro al Dropbox. El retén se congelaba. El contrato de luces también. Nos quedaban las horas que él había pagado. Yo ya no era solo conversación. Él ya no era el muro. El coste se lo llevaban los dos por escrito. El suficiente, esta vez, nos alcanzó para la noche.