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Nightfolio

Zara no mira el anillo

Elena se marcha a Valencia y me deja el estudio, el anillo y a Zara Malik, veintidós años, hermanastra y pin-up, durmiendo al otro lado del biombo. Ella trata el objetivo como si fuera el clima; yo trato el oro de cuatro milímetros como un freno que ya no muerde.

Cerré la maleta rígida de Elena en el rellano de Chamberí a las siete. El anillo de cuatro milímetros me raspó el cierre. Ella, treinta y tres años, se abrochó el abrigo ligero de mayo y me besó en la comisura, no en la boca.

«Valencia hasta el sábado», dijo. «Zara Malik duerme en invitados. La campaña es de nosotras dos. El estudio no se usa de noche.»

Lo prometí en voz alta. Necesitaba que ella lo oyera. La última grieta se cerraba con una frase que pudiera guardar.

«Cuídame el estudio y cuídala», añadió por el interfono, ya en el portal.

El hueco de la maleta quedó en el pasillo. El anillo me pesaba más que el metal.

Zara llegó veinte minutos después. Veintidós años. Oud y una caja de cartón de pastelería que dejó sobre la nevera sin abrirla. No habló de Beirut. Preguntó dónde se enchufaba el moldeador y si el flash de modelado estaba calibrado. Eso fue todo.

El biombo de grullas ya estaba desplegado. Entre las lamas se veía el raso negro. Ella se cambió ahí, de espaldas, como si el hueco fuera una ventana y no un error. Vi el encaje de los puños. Vi el colgante de oro sobre la clavícula izquierda. Vi cómo el raso se tensaba en la cadera cuando se abrochó el corsé sin pedir un gancho. No se tapó. Trató la mirada como se trata el calor de mayo: estaba, y punto.

Saqué la Rolleiflex 2.8F. El flash olía a polvo caliente. Me acomodé la polla contra el muslo con la mano del anillo y fingí un ajuste del obturador. El oro golpeó el metal. El clic fue pequeño y claro. Ella lo oyó. Siguió abrochándose.

«Tú disparas. Yo no me escondo. Tráeme luz, no educación.»

Ella decidió cuándo era clima y cuándo era pose. El colgante solo tembló cuando dejó de representar. Yo tenía treinta y cuatro años, un estudio a medias y una promesa reciente.

«Otra. Más baja. El muslo. No me tapes lo que el cliente va a vender.»

Disparé. El obturador sonó a hueso seco. Elena había dejado higo de Diptyque en los armarios. El oud lo cubría por encima, no del todo. Me acerqué para medir la luz. El dorso de mi mano pasó a un palmo de su vientre. No toqué. El anillo me hacía daño de lo apretado que lo tenía. Ella sostuvo la mirada un segundo más de lo que pide una prueba y la rompió ella.

«¿Vas a estar así toda la semana?»

«Así cómo.»

«Como un marido que cierra maletas.»

No contesté. Volví al visor. El anillo volvió a golpear el cuerpo de la cámara. Ella sonrió corto, como si ese sonido fuera el pie de foto que yo no iba a escribir.

A la noche siguiente la Bialetti humeaba en la encimera de mármol. Zara se sentó ahí con la bata abierta hasta el muslo y luego un poco más, como quien se acomoda y no como quien invita. El coño le quedó a la altura de mi boca. No pidió que apagara la luz. El raso de trabajo colgaba del respaldo de la silla, fuera de alcance, doblado con cuidado.

«Mira como mira el objetivo», dijo. «No como mira un marido.»

Le abrí los labios con los pulgares. Estaba ya mojada. Le lamí el clítoris con la barba rasposa. El mármol se le enfriaba bajo los muslos y ella no se recostó del todo, como si aún pudiera bajarse y volver al biombo. Mientras la lamía se me cruzó la maleta del rellano, el beso de comisura, la frase que yo mismo había dicho en voz alta. No aparté la boca. Metí dos dedos hasta el nudillo. El anillo le dejó una marca fría en el muslo interno. Apretó mis muñecas. No me apartó.

«Ahí. No te educo.»

Le comí el coño con la boca abierta, sucia, hasta que el colgante tembló una sola vez. Se corrió mojándome la barba y el mármol. Un temblor corto. Se rió igual de corto, como si el orgasmo también fuera un retoque. Me desabrochó el pantalón con la izquierda. Me pajeó rápida, la palma ya húmeda de ella, el pulgar en la cabeza. El anillo le rozaba la muñeca cada vez que subía.

«En la palma. El raso no se mancha.»

Me corrí en su mano. La leche le llenó los dedos y se le escapó hacia la muñeca. Nos lamimos. El trapo de la Bialetti olió después a café y a semen.

El teléfono de Elena vibró al lado de la cafetera. Zara, todavía abierta, con el mármol brillante entre las piernas, leyó el mensaje en voz alta.

«¿Habéis cenado?»

El estudio seguía a nombre de los dos. Yo tenía la boca llena de su sabor y el anillo puesto.

«Dile que sí. O dile que no. No me pidas que lo redacte yo.»

Escribí que sí. El envío sonó pequeño. Zara se bajó y se ató la bata mal, a propósito. El colgante ya no temblaba. Había vuelto a ser clima.

Al amanecer casi la follé contra el lavabo. Tenía un pie en la bañera. Yo tenía la polla fuera. La cabeza me rozaba el coño, a un empujón de entrar. Ella me miró y no dijo que sí. Tampoco dijo que no. Apoyó los dedos en mi cadera y esperó a que yo eligiera el precio.

Sonó FaceTime. Elena. La pantalla se llenó de su cara antes de que yo pudiera rechazar. Zara bajó fuera de cuadro y me metió la polla en la boca de un golpe, hasta la garganta, y se quedó quieta. Saliva espesa. Lengua plana. Para que yo pudiera decir buenos días sin que se me quebrara la voz.

«¿El obturador de la 2.8F sigue fallando?»

«Lo reviso hoy.»

En la esquina de la pantalla salía yo, colorado, la clavícula brillante. Elena no miró esa esquina. Hablaba del hotel, del wifi, de un plazo que se le adelantaba. Zara me sujetaba los muslos para que yo no empujara. Cada vez que Elena sonreía, Zara tragaba un poco, y yo tenía que toser para tapar el aire. Yo miraba a Elena y sentía a Zara. Lo que detuvo la penetración fue esa cara en la pantalla, no un escrúpulo. Casi cruzamos. No cruzamos.

Cuando colgué, se sacó la polla de la boca con un hilo espeso todavía unido al labio. Se lavó los dientes con el cepillo de Elena. Escupió. Se miró en el espejo. Se pasó el dorso por la comisura.

«Mañana, no ahora. El ahora era más barato.»

Me guardé la polla dura. El anillo dejó una raya de agua en el lavabo. Ella salió primero. Yo me quedé oyendo el grifo y contando lo que no había hecho, que ya pesaba casi tanto como lo que sí.

Al tercer día bajé las persianas del cuarto de invitados a mediodía. Zara se subió a mí en la cama estrecha, me guió con la mano y se bajó sobre la polla de un golpe. Húmeda. Honda. Me dejó el anillo puesto.

«No te lo quites. No soy yo quien tiene que recordar.»

Le agarré las caderas. Ella me quitó el ritmo y lo hizo más hondo, más lento, hasta que el colgante tembló y el hoyuelo de las poses no apareció. Se corrió ella primero, un temblor que no era de set, el coño apretándome a pulsos. Yo me corrí dentro y me quedé palpitando, sin salir, con la leche ya escapándosele por donde estábamos juntos.

A los veinte minutos, videollamada de producción. Elena hablaba de plazos. Zara se sentó fuera de plano con la leche resbalándole por el muslo interno. No se cubrió. Yo inventé un archivo corrupto para no compartir pantalla.

«El raw no abre. Lo recupero esta tarde.»

Elena habló del cliente y de mayo. Zara cruzó una pierna sobre la otra y el hilo le llegó a la sábana. Cuando colgué, se pasó dos dedos entre los labios, se los miró y se los limpió en mi pecho, justo debajo del anillo.

«Eso no es un archivo. Eso es lo que no vas a enseñar.»

Salí de ella. El sonido fue sucio y claro. Ella no se vistió. Yo sí, a medias, porque la llamada podía volver.

Pidió la Rolleiflex. Se tendió en el suelo del set con el corsé rojo abierto. Semen en el vientre, en el encaje y en un pezón.

«Trabajo. Dispara lo que has hecho.»

Fotografié el cuerpo usado. El obturador volvió a sonar a hueso seco. Me puse duro otra vez. Ella eligió el diafragma. El clic nos dejó claro de qué lado estaba el set. La levanté contra el trípode y la follé de pie. La polla entró en el coño todavía lleno, con un sonido de lo que ya habíamos hecho. Se agarró al mástil. No fingió sorpresa. Me corrí otra vez sobre el mismo encuadre, leche nueva encima de la anterior. No se movió hasta que bajé la cámara.

«Ese. Ese es el que duele.»

Un raw casi se coló en la carpeta del cliente. Lo borré con los dedos que aún me olían a coño. Ella se abrochó un solo gancho del corsé y dejó los demás abiertos. Recogí el trípode. El anillo golpeó el metal. Ella oyó el clic y no sonrió.

«Si se cuela, no soy yo quien lo explica. Yo solo posé.»

El raso negro seguía en el perchero, limpio. Zara se pasó el semen del pezón con el índice y se lo llevó a la boca, breve, como quien prueba un retoque.

«Otra no. Esta ya está.»

El fin de semana fuimos a Altea. Comida con mi padre y con Amal. Sobremesa larga, casi las dos. En el baño de invitados Zara se arrodilló sobre el felpudo, me abrió el pantalón y me metió la polla hasta la garganta. Saliva en la base. El anillo se enganchó en su pelo. Yo iba a llenarle la boca cuando Amal llamó.

«Zara, el postre.»

Dos veces. El tono de quien no va a preguntar qué tarda. Lo que me detuvo fue esa voz, no la conciencia. El miedo a que la puerta no tuviera pestillo. Zara se incorporó. Se limpió el labio con el dorso. Salió. Aceptó un plato como si el clima no hubiera cambiado.

Yo me senté con la polla aún húmeda dentro del pantalón y el anillo brillando como una evidencia. Mi padre habló de la casa. Amal sirvió más. Zara no me miró. Tampoco se escondió. Comió. Pidió agua. El postre olía a naranja y a azúcar.

«¿El estudio tira?»

«Tira», dije.

Zara partió el flan con el borde de la cuchara y no ofreció la receta ni la ciudad. Debajo de la mesa mi rodilla rozó la suya. Ella no la apartó. Tampoco la dejó. El roce duró lo que dura un segundo que uno puede negar. Amal volvió a llenar las copas. Yo bebí. El anillo seguía húmedo por dentro, donde nadie lo veía.

Elena volvió el jueves, no el sábado. Esa noche, en la cama matrimonial, sábanas de hilo, Zara se quedó en el umbral un segundo de más, mirando las dos almohadas, y luego se subió igual. Me la follé en cuatro. Una mano en la nuca. La otra con el anillo metido entre los labios del coño para abrirla. Estaba empapada. Se empujó hacia atrás y pidió más sin usar esa palabra, con la voz baja porque los grifos de Elena se oían al otro lado de la pared. Cada vez que el grifo se cerraba, yo paraba. Cada vez que volvía a abrirse, ella se empujaba. El anillo se le hundía entre los labios y ella lo apretaba, no para que lo quitara, para que lo dejara. Me corrí dentro, hondo, y me quedé un momento así, oyéndola a ella y oyéndola a Elena. Después se la comí sucia, lamiendo mi propia leche, la cara entre los muslos, el anillo enganchado en el encaje. Zara se tapó la boca con la muñeca. El salón rojo de tacón quedó bajo la cama. Yo no pude dejar de mirar la puerta.

A mediados de junio, sexta semana, Elena encontró el aro de oro de Zara entre el percal. Esa misma tarde, en el estudio, Zara me montó otra vez, más lenta, más honda, y me puso la Rolleiflex en la mano.

«Ahora. Mientras estás dentro.»

Disparé el vientre. El punto donde la polla desaparecía. El colgante temblando. El anillo brillante contra su cadera. Nos corrimos casi juntos. Hubo fluidos. Hubo obturador.

Al guardar la cámara, Elena estaba en el umbral con el aro de Zara entre los dedos y el fotograma ya revelado en la pantalla de contactos. No hubo pelea de cama. Hubo una llamada a la gestoría. Amal dejó de contestar. Zara cerró el perchero y, en una libreta que no enseña, movió mi nombre al lado de los que se rieron. Me quedé con el anillo puesto y con una Rolleiflex que ya no era herramienta. Era prueba.