La llave maestra
En un piso de Chamberí, con Elena de congreso, Sophia Gagnon deja la bata de seda ajena en el gancho y la puerta del baño entreabierta. Su hermanastro tiene la llave que nunca devolvió.
La llave maestra
El muslo de Sophia se le pegó al cuero de la banqueta. El rellano olía a lejía y a neroli. Eran las 18:40 de un martes de julio en Chamberí. El Otis crujió entre la segunda y la tercera. Sophia Gagnon tenía veintiún años. Llevaba la bata de seda color vino de Elena, abierta de más, y el borde le rozaba el pezón cada vez que respiraba. El teléfono descansaba en el marco del espejo. Grababa. El encuadre le cortaba la cara. El canino derecho le brillaba en el labio superior. No se lo limpió.
La llave giró. El llavero de latón tenía grabado Vargas. Mateo no la había devuelto al mudarse. Entró con el traje del estudio, la corbata aún anudada. Tenía treinta y cuatro años. Sophia estaba de espaldas. La seda se le había abierto hasta el muslo izquierdo. Él la vio. El pecho se le quedó quieto. Ella lo supo por el aire que cambió, ese silencio de alguien que no debería estar mirando y mira igual.
«El encuadre...», dijo ella, y no terminó.
No confirmó si lo había hecho a propósito. Quería que él adivinara. No iba a corregirle.
Mateo se detuvo en el umbral. La llave maestra seguía en su palma, caliente. Quiso mandarla a vestirse. La frase le llegó a la boca y se le quedó ahí. El olor de su mujer estaba en esa seda. Elena Ruiz estaba en Bilbao, en el congreso notarial. Los contratos del estudio Vargas iban con ella. Céleste llamaba cada noche desde Quebec para saber si la casa de las tres seguía en pie.
«Elena vuelve el viernes», dijo Mateo.
Sophia giró apenas la cabeza. Lo miró demasiado. Luego apartó los ojos, como si le hubiera dado algo que él no había pedido. Él dio un paso. El suelo crujió. Ninguno alzó la mano.
«¿Sigues teniendo llave?»
«Nunca la dejé.»
Cerró la puerta. El metal sonó. Él abría la casa. Ella vivía en el piso que Elena pagaba en parte. La bata no era suya. Sophia volvió la cara al teléfono. El recuadro seguía grabando el cuello, la seda, el canino.
«No mires si no vas a...»
Tampoco acabó eso. Mateo dejó las llaves en el plato de cerámica. El anillo de boda chocó contra el latón.
«Cierra la bata.»
Ella no la cerró. Él no insistió. Ella respiró más hondo. La seda se le pegó a los pezones, húmeda ya del calor. Mateo miró el gancho vacío. Tragó saliva. El sudor le bajó por la espalda, bajo la camisa.
La puerta del baño quedó entreabierta. Sophia no la cerró. Colgó la bata en el gancho. El neroli se levantó con el vapor. Entró bajo el grifo. Sabía que él estaba en el pasillo. Lo había oído dejar el vaso contra el mármol.
Mateo se detuvo al otro lado del cristal esmerilado. No cruzó el umbral. Vio la mancha de su cuerpo, el pecho, el triángulo oscuro entre las piernas. Sophia se pasó dos dedos por el coño. Se los metió. Estaban mojados de agua y de ella. El pulgar le buscó el clítoris. Apoyó la frente en el azulejo. El canino derecho le brilló con la saliva. Gimió. Cortó el sonido para que pareciera un verso. No dijo el nombre de él. Tampoco el suyo.
Mateo se bajó la cremallera. Se sacó la polla. Estaba dura, caliente contra la palma. Se la agarró con la mano derecha. La izquierda se quedó en el marco de pino que Elena había mandado barnizar en abril. Miró cómo Sophia se abría los labios del coño contra el azulejo, los dedos entrando hasta el nudillo, el agua golpeándole las muñecas. Se corrió ahí, sin cruzar. El semen le quedó en los nudillos y en la madera. No la tocó.
Ella se corrió con los dos dedos dentro. El muslo izquierdo le tembló. Se le durmió un segundo, como le pasaba justo antes. El agua le bajó por los brazos. Salió. Se envolvió en la toalla. Abrió del todo.
Él aún tenía la mano en el marco. Se abrochó tarde. El pantalón le marcaba todavía.
«¿Elena dejó el aceite bueno?»
Mateo no contestó a eso.
«Debería vestirte.»
«¿Deberías?»
Ella sonrió. No confirmó nada. Pasó junto a él. La toalla rozó el pantalón. Él retiró la cadera. El semen se secaba en el pino. En el gancho seguía la bata. Ninguno nombró al otro. El piso olía a ella y a lejía. Mateo miró la llave en el plato y no la devolvió. Ella se fue al cuarto de tutora con la toalla aún goteando. Él se lavó las manos en el fregadero de Elena y no se miró.
El jueves, a las 2:17, la cocina estaba encendida de más. El alumno de veintidós años se había ido por la tarde. Mateo lo había oído desde el pasillo: la risa de Sophia a medias, un verso que no acabó. Recogió la taza azul de Quebec, cascada en el borde. La puso en el fregadero de Elena como si fuera suya.
Ahora ella estaba sentada en la encimera de mármol. Las rodillas abiertas. La camiseta de dormir subida hasta debajo del pecho. Él se había puesto entre ellas. El mármol le enfriaba los muslos a ella. A él le quemaba la camisa.
La boca de Mateo quedó a un centímetro del hueco. El aliento le cambió el pezón, lo puso duro. Sophia apoyó los talones en su cintura. No lo empujó. Tampoco lo apartó. El anillo de él rozó el mármol frío.
«Si sigues...», dijo ella.
«Dime que pare.»
Ella no lo dijo. Se inclinó. El canino le rozó el pelo de la sien. Casi. El pecho le subió contra la boca. Mateo abrió los labios. La lengua le rozó la piel. El portero automático sonó.
Una voz de hombre pidió el tercero. Un paquete a nombre de Elena Ruiz. Mateo se separó. Contestó. Dijo el apellido de su mujer con la polla aún dura contra el pantalón. Sophia bajó de un salto. Se pasó la lengua por el canino. Sonrió como si no hubiera pasado nada.
«¿Lo dejas pasar?»
«Es de ella.»
Él se fue a la terraza. Encendió el cigarro que no fumaba desde la boda. Las manos le temblaban. Abajo, Chamberí seguía a treinta y cuatro grados. El paquete era de ella. El piso era de ella. La llave, no.
Sophia se quedó en la encimera. Recogió la taza azul. No explicó el verso que se le había escapado cuando él casi le puso la boca. El paquete quedó en la mesita, con el sello de la notaría. Mateo apagó el cigarro a medias. Volvió a entrar. No la tocó. Ella tampoco lo detuvo al pasar. La línea no se cruzó. El anillo le pesaba en el dedo.
Días después Mateo abrió el historial del router. Seguía a su nombre. Encontró el contenido de pago. Sophia leía filosofía tocándose. La cara salía recortada. Él reconoció el canino. Reconoció el cuaderno de Rilke. Reconoció la lámpara de cerámica de Elena. No pidió permiso.
La sentó en el sofá de cuero, pegajoso a treinta y cuatro grados. Puso el vídeo en la televisión. El volumen bajo. En el 3.º B alguien corrió una silla.
«Ese eres tú», dijo él.
«¿Seguro?»
No confirmó. No corrigió. En la pantalla, su mano bajaba bajo la camiseta de dormir. Se apretaba un pezón. Luego el otro. Los dedos le buscaban el clítoris con la misma respiración que usaba en los vídeos, esa que cortaba como si fuera un verso. Mateo se quedó de pie. No se tocó. Se le marcaba la polla en el pantalón y el anillo le apretaba el dedo. Quedarse así era lo que se debía a Elena. No se lo debía.
Sophia se miró a sí misma. Luego lo miró a él, fuera de cuadro. Se metió dos dedos en el coño. El cuero le pegó los muslos. Se oía lo mojada que estaba. Abrió más las rodillas, hacia la tele y hacia él. Se corrió en silencio para no despertar al 3.º B. El muslo izquierdo le tembló. El canino le brilló. No dijo su nombre.
Mateo tragó saliva. No se corrió. En el móvil quedó un cargo de tarjeta. En el salón quedó un archivo. Ella se limpió los dedos en la camiseta, un hilo brillante hasta la tela.
«¿Lo vas a borrar?»
«No.»
«¿Y Elena?»
Él no contestó. Ella recogió el cuaderno. Una página estaba húmeda. Se levantó. Pasó junto a él. El sofá crujió. Mateo no la agarró. Ahora había un vídeo y un nombre en el banco. La llave seguía en su bolsillo. Él no la usó para echarla.
El sábado, a las 21:10, bajaron al garaje subterráneo. Volvían de la tintorería de Elena. Las chaquetas de ella iban en perchas sobre el asiento de atrás. El recibo quedó en el salpicadero, con el apellido Ruiz. Sophia no habló hasta que Mateo aparcó junto al pilar.
«Quiero la polla.»
Él miró el pilar. Una cámara parpadeó, luz roja.
«Aquí no.»
«Entonces dime que no.»
Él no lo dijo. Sophia le bajó la bragueta en el asiento del conductor. Le sacó la polla. Estaba ya dura. La chupó. La saliva le bajó por la comisura. El canino derecho le rozó el frenillo. Mateo puso las dos manos en el volante para no tocarla la cabeza y dejar huella. Las perchas golpearon la nuca de ella. El plástico de Elena le daba en el pelo cada vez que bajaba.
Ella se lo metió hasta la garganta. La garganta se le cerró alrededor. Gimió con la boca llena. La saliva le goteó al pantalón. Él juró en voz baja. No dijo Sophia. No dijo Elena. Se corrió. Ella se tragó el semen, caliente, y se pasó la lengua por el canino para recoger lo que se le había escapado. Se subió. Se abrochó el pelo.
«¿La cámara?»
«No lo sé.»
Recogieron las chaquetas como si el semen no estuviera en su garganta. Subieron en el Otis. El ascensor se quedó entre la segunda y la tercera, el mismo crujido del martes. Ella se rio sin terminar la frase. Él miró el recibo. El coste estaba ahí: la tintorería, el pilar, el apellido Ruiz en el ticket. En el piso, Sophia dejó las perchas en el gancho de la bata. Mateo se lavó las manos. El anillo chocó contra el grifo. Ninguno dijo que paraban.
El domingo ella se tumbó en la cama de matrimonio. Las sábanas de percal beige las había elegido Elena en El Corte Inglés. Mateo le abrió las piernas. El olor de ella tapó el neroli. Le lamió el coño. Le chupó el clítoris, despacio y luego más, hasta que ella le puso una mano en el pelo y no lo apretó. El muslo izquierdo de Sophia empezó a temblar. Ese que se le duerme cuando está a punto. Él se colocó. La cabeza de la polla, ya mojada, le quedó contra los labios. Iba a entrar.
El teléfono vibró en la mesilla de Elena. FaceTime. Mamá. La cara de Céleste apareció sobre las sábanas. Sophia contestó con la bata mal cerrada. Mateo se metió en el vestidor, entre los trajes, la polla todavía fuera, la respiración contra la madera.
«¿Estás bien, mi amor?»
«Sí. Solo... el calor.»
Céleste anunció que ya tenía fechas. Sophia no cerró la bata. Habló de versos. No explicó ninguno. Al colgar, Mateo salió. La pantalla se había apagado sobre el percal. El anillo le brillaba. Él lo sintió.
«Podemos parar», dijo él.
«Ya no.»
Lo dijo ella. Lo eligió otra vez. Él la tumbó de lado para verla en el espejo del armario. Le tapó la boca con la palma. La polla le entró de un golpe. El coño la envolvió, caliente, apretado. Sophia soltó versos a medias contra la mano. No los explicó. Él la folló mirando el anillo y luego sin mirarlo. Las sábanas de Elena se le pegaron a las rodillas. Cada embestida le mojaba más el percal. Se corrió dentro. El semen resbaló sobre el beige. El muslo izquierdo le tembló otra vez. Ella se corrió con él dentro, los ojos en el espejo, la palma de él todavía en la boca. Mateo se sacó el anillo. Lo dejó en el jabonero, junto al jabón de avena. No hubo fundido. El semen se quedó a la vista. La bata de vino colgaba en la silla de Elena.
Elena volvió un día antes. Cena de tres. Tomate, aire a treinta y cuatro grados. Debajo del mantel, Sophia le metió la mano a Mateo en el pantalón. Le bajó la cremallera. Lo dejó duro contra el plato. El anillo de ella chocó el de él, que había vuelto al dedo. Elena no lo supo. Habló del congreso. Habló de los contratos. Sophia sonrió y no terminó la frase.
A las 3:00, con Elena durmiendo al otro lado del pasillo, él la folló de pie en el cuarto de tutora. Contra la estantería. Rápido. La mano en la garganta, sin apretar del todo. Sophia encendió el audio en el teléfono sin avisarle al empezar. La estantería crujió. Los lomos de los libros le golpearon la espalda. Él se corrió otra vez dentro. Ella se corrió con el muslo izquierdo temblando y un verso a medias, la polla todavía palpitándole. El archivo quedó abierto.
A las 8:12, Elena estaba en la cocina con la bata sucia en la mano. Olió su propio neroli. El extracto del banco se abrió en el teléfono. Mencionó un cargo extraño. Mateo buscó el anillo que ya no estaba en su dedo. Sophia recogió la taza azul. No explicó el verso que se le escapó.
«¿Qué has leído?», preguntó Elena.
Sophia ladeó la cabeza.
«¿Tú qué has oído?»
Nadie se confesó. En el portátil de Sophia quedó un audio a medio subir, con la respiración de él y el crujido de la estantería. Ya había un archivo con su voz verdadera. La llave Vargas seguía en el bolsillo de él. Céleste escribió que tenía billete a Barajas. El turno llegaba tarde y salía caro.